La creciente tensión comercial entre Estados Unidos y Canadá coloca a México frente a una combinación de riesgo y oportunidad: preservar su integración con el mercado estadounidense, mantener su atractivo para la inversión extranjera y, al mismo tiempo, administrar una relación comercial con China que podría convertirse en un punto sensible para Washington.
Para Alejandro H. Garza Salazar, fundador y director de inversiones de Aztlan Equity Management, el deterioro de las conversaciones entre Washington y Ottawa y la posibilidad de aranceles recíprocos muestran que la negociación comercial en Norteamérica ha dejado de responder exclusivamente a criterios económicos.
Su lectura es que México no debería interpretar las diferencias entre sus socios del T-MEC como una señal para adoptar una posición complaciente frente a Estados Unidos. Por el contrario, considera que el país dispone de ventajas estructurales que pueden utilizarse durante las negociaciones.
“Hoy no estamos negociando con la institucionalidad tradicional de un país, sino con el estilo de choque e imperativos políticos de la administración de Donald Trump”, sostiene Garza Salazar en su análisis.
LEE: ¿Cuánto cuesta vivir lejos? Traslados ganan peso al momento de elegir vivienda en CDMX
¿Por qué la disputa entre Estados Unidos y Canadá importa a México?
El argumento del especialista parte de una transformación en la manera de interpretar el comercio regional.
Durante décadas, la integración norteamericana avanzó mediante cadenas productivas que hicieron cada vez más interdependientes a México, Estados Unidos y Canadá.
La aparición de mayores tensiones comerciales introduce incertidumbre sobre esa estructura, especialmente para compañías que necesitan decidir dónde instalar plantas, realizar inversiones o establecer proveedores.
Garza Salazar considera que la amenaza de aranceles mutuos de 50% entre Estados Unidos y Canadá, referida en el documento, representa una señal de que los inversionistas necesitan incorporar nuevamente el riesgo político a sus decisiones sobre Norteamérica.
“Ver cómo una negociación trilateral de la magnitud del T-MEC se descarrila hasta abrir paso a la amenaza de aranceles mutuos del 50% no es un titular más: es un golpe de realidad para cualquiera que tome decisiones de capital en la región”, señala.
México tiene una carta que Canadá no posee de la misma manera
La tesis central del directivo es que México cuenta con una posición particular dentro de las cadenas productivas estadounidenses.
Su análisis identifica tres elementos que pueden funcionar como herramientas de negociación:
- La integración manufacturera en sectores electromecánicos y electrónicos.
- La cooperación mexicana en materia de migración.
- La colaboración bilateral relacionada con seguridad.
Garza Salazar establece además una diferencia entre las relaciones que Estados Unidos mantiene con sus dos socios del T-MEC.
Mientras Canadá posee una participación relevante como proveedor de materias primas —entre ellas petróleo y minerales—, México se encuentra profundamente integrado en cadenas manufactureras utilizadas por corporaciones estadounidenses.
Esto implica que imponer nuevas barreras al comercio mexicano también podría generar consecuencias para compañías estadounidenses que dependen de componentes fabricados al sur de la frontera.
Para el especialista, esa integración constituye una de las principales fortalezas de México durante un periodo de negociaciones comerciales más complejas.
IED alcanza 34 mil 968 millones de dólares
El análisis de Aztlan Equity Management sostiene que la incertidumbre comercial todavía no ha provocado una retirada generalizada del capital productivo de México.
Según las cifras de la Secretaría de Economía incluidas en el documento, la Inversión Extranjera Directa (IED) alcanzó 34 mil 968 millones de dólares durante el primer semestre de 2026, un nuevo máximo para el periodo.
El monto significó un incremento anual de 2.1%.
Para Garza Salazar, el comportamiento de la inversión representa una señal de que las ventajas productivas de México continúan siendo relevantes pese a las tensiones políticas y comerciales.
La lectura requiere, sin embargo, separar dos conceptos: que la IED alcance un máximo no elimina los riesgos relacionados con la negociación comercial, ni garantiza que todos los sectores reciban inversión con la misma intensidad.
Sí muestra, bajo la interpretación del autor, que el capital productivo continúa encontrando razones para mantener operaciones y proyectos en México.
Nearshoring enfrenta su prueba política
Una de las preguntas centrales es qué ocurrirá con el nearshoring si aumentan las tensiones comerciales dentro de Norteamérica.
Garza Salazar sostiene que el proceso no depende exclusivamente del entorno político.
“Tenemos la convicción de que el nearshoring no se detendrá por un tuit o un arrebato político; la geografía, los bajos costos y la competitividad productiva son fuerzas obstinadas que terminan imponiéndose sobre cualquier retórica”, afirma.
La perspectiva coloca el fenómeno principalmente sobre fundamentos económicos y logísticos.
La proximidad con Estados Unidos, la integración de cadenas de suministro y la infraestructura manufacturera existente representan factores que requieren años de inversión y que no necesariamente pueden trasladarse rápidamente ante cada modificación política.
Eso no significa que el nearshoring sea inmune a los aranceles o a modificaciones en las reglas comerciales.
El planteamiento de Garza Salazar es que la infraestructura productiva acumulada genera incentivos que pueden sobrevivir a periodos de volatilidad política.
Economía mexicana avanza, aunque debajo de su potencial
El documento también señala algunos indicadores macroeconómicos que, desde la perspectiva del especialista, fortalecen la posición mexicana.
Según los datos incluidos en el análisis, la economía de México creció 1.4% respecto al trimestre anterior y 1.9% a tasa anual, mientras que la inflación se moderó hasta 3.26% anual.
Garza Salazar reconoce que el crecimiento continúa por debajo del potencial del país, pero interpreta estos indicadores como una señal favorable en medio de la incertidumbre comercial.
El comportamiento de la economía doméstica será particularmente importante si la revisión del T-MEC incrementa la volatilidad para las empresas.
México necesita mantener suficiente inversión para ampliar infraestructura, capacidad industrial y cadenas de proveedores si pretende transformar el nearshoring en crecimiento económico sostenido.
China aparece como la otra pieza de la negociación
La relación entre México y China podría convertirse en uno de los asuntos más complejos dentro del nuevo entorno comercial.
Garza Salazar identifica aquí un ejercicio de equilibrio.
México necesita preservar su acceso al mercado estadounidense, pero simultáneamente mantiene relaciones comerciales con China y recibe productos, insumos y capital provenientes del país asiático.
Desde la perspectiva del especialista, China observa a México como una potencial puerta hacia Norteamérica.
Ese escenario puede generar fricciones con Washington si Estados Unidos considera que compañías o mercancías chinas están utilizando territorio mexicano para acceder indirectamente a los beneficios comerciales de la región.
Por ello, el desafío para México no sería únicamente responder a las exigencias estadounidenses, sino definir hasta dónde puede profundizar su relación económica con China sin poner en riesgo su posición dentro del T-MEC.
¿Se está fragmentando el libre comercio de Norteamérica?
Para Garza Salazar, uno de los principales aprendizajes del entorno actual es que el modelo tradicional de libre comercio está evolucionando hacia relaciones cada vez más condicionadas por consideraciones políticas.
“Tenemos la certeza de que el libre comercio, tal como lo conocimos, se ha fragmentado en complejas dinámicas binacionales paralelas”, sostiene.
Esto podría obligar a las empresas a incorporar nuevos escenarios dentro de sus decisiones de inversión.
Ya no bastaría con analizar salarios, logística, impuestos, disponibilidad de talento o cercanía con consumidores.
El riesgo regulatorio, los aranceles y la relación política entre gobiernos pueden convertirse en variables con impacto directo sobre el retorno esperado de una inversión.
Para los administradores de capital, esto significa valorar simultáneamente los fundamentos económicos y el ruido político.
México deberá negociar sin poner en riesgo su principal ventaja
La conclusión del análisis de Aztlan Equity Management es que la integración productiva de Norteamérica tiene raíces suficientemente profundas para sobrevivir a episodios políticos, pero no debe considerarse irreversible.
“La integración de Norteamérica no se romperá en una mesa de negociación, pero tampoco se mantendrá en pie por inercia”, advierte Garza Salazar.
México llega a esta etapa con activos importantes: una extensa base manufacturera, cercanía geográfica con Estados Unidos, una posición relevante dentro de sus cadenas de suministro y niveles históricos de inversión extranjera según las cifras presentadas en el documento.
Pero esas fortalezas deberán administrarse frente a un entorno donde Estados Unidos, Canadá y China responden no solamente a intereses económicos, sino también a objetivos políticos y estratégicos.
Para México, la oportunidad consiste en aprovechar el nearshoring y la integración manufacturera sin asumir que su posición está garantizada.
En una Norteamérica donde la política comercial puede modificarse rápidamente, la capacidad de preservar certidumbre para el capital podría convertirse en una ventaja tan importante como la ubicación geográfica o los costos de producción.


